Existe un lugar que no figura en los mapas, un rincón de la memoria donde se agita el tiempo. Alivio o condena de saber que para volver hay que esperar, al fin, con la certeza de sabernos extranjeros en un país secreto que solo existe cuando cerramos los ojos. Y sin embargo, al despertar de nuevo en esta luz madura de la tarde, cuando los burócratas del olvido vuelvan a tasar nuestras derrotas, tú guarda esa frontera bajo la piel. No dejes que te cobren en la aduana. Porque aunque el tiempo pase y nos destruya, mientras queden ascuas en los ojos, tú debes regresar, tú debes resistir, en el sagrado vicio de estar vivo.
Setenta y seis años más un día
Va a ser ese día frío y chubascoso como el de César Vallejo en París. Ese día en que los taxistas no den el cambio en monedas y que nuestro crédito sea de plástico. Ese día en que los charcos no reflejen juegos de niños sino a las abuelas volando buscando los...
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