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Siete crónicas siete

Publicado el 13 de octubre de 2026

I. Lo que vuelve

Un plátano sobre la mesa, el vaso de agua y el silencio de una casa sin horarios me dan la bienvenida. A mis setenta y seis años, la urgencia ya no la dicta el despertador, sino el ritmo en la piscina donde el envejecimiento se ejercita flotando.
Hoy desperté con una duda. Alguien, en el último tramo del sueño, me dijo algo definitivo. Fue una frase limpia, exacta, que parecía justificar una culpa. Una respuesta buscada durante décadas.

Caminé hacia el complejo deportivo intentando rescatar esas palabras, pero la luz del día siempre confisca los bienes del sueño.
Cruzo con una marea de abuelos que arrastran a sus nietos hacia el colegio; el mismo edificio donde cursé el bachillerato. Ellos corren contra el reloj. Yo flotaré en el agua, moviendo los brazos para estirar las vértebras.

El monitor marca el ritmo. Las salpicaduras empañan mis gafas. A través del cristal empañado distingo los muros de ladrillo del patio. Allí fui joven. Allí empezó todo. Paso los días hablando de naderías con los vecinos, compartiendo achaques y lo visto en televisión. Rutinas de la vejez.
Ahora solo me importa la conversación que quedó suspendida en la almohada. Como una carta escrita a oscuras que llegó tarde.

 

II. La arqueología del asfalto

Los suplementos de urbanismo hablan de reformas peatonales. Son mapas útiles para quienes confían en la geometría de los portales. Al regresar a pie de la piscina, se descubre otra ciudad que ningún geógrafo ha sabido cartografiar.
Cuando las farolas se apagan, el aire limpia los ojos y el perfil del monte Naranco se vuelve nítido. El patio del colegio no es una vecindad de canchas vacías; es una trampilla abierta.

Caminar por estas aceras es un ejercicio de arqueología. Debajo del asfalto, mis pasos pisan un suelo empedrado de orbayu que conozco de memoria. Sé qué portales ya no existen, qué ventanas están ciegas y qué esquinas huelen todavía a la lluvia de los setenta, los años en que mi otro yo se marchó sin despedirse. Al recortarse el monte contra el cielo, la nostalgia de un tiempo que ya no me pertenece se vuelve un peso físico.

Camino con la mochila húmeda al hombro, como un extranjero que ha perdido el pasaporte. Estas calles son solo el decorado de una vida mucho más antigua. Una vida que me rumia por dentro. Tras la voz de la noche, empieza a reclamar sus palabras.

 

III. Breve obituario de los vivos

Las esquelas son el registro de la resignación. Informan que los muertos siguen muertos y que el tiempo nunca pierde el turno. Pero ignoran las resurrecciones clandestinas que ocurren cada mañana en mi tendedero.
Ocurre al volver de la piscina, mientras cumplo el ritual de colgar el bañador y la toalla al aire que baja del Naranco. En el silencio de la casa, mientras preparo el desayuno con aceite y tomate, la mente sufre un tropiezo. He soñado con ellos esta noche. Con los ausentes que el tiempo me ha ido confiscando. En el simulacro del sueño sus voces no tenían el eco del pasado; tenían la urgencia del presente.

El crujido de la tostada en mitad de la cocina vacía sabotea la realidad. Durante un segundo, asumo que mi otro yo va a entrar por la puerta a darme los buenos días, o que basta iluminar la pantalla para escuchar un saludo.
Desayuno con fantasmas que tienen más relieve que los vivos. La muerte no es un suceso lejano, es una noticia de última hora que redactan el olor del café y la luz sobre el plato, desmintiendo la única tregua que nos permitía retenerlos.

 

IV. Tribunal de almohada

Apoyé las manos sobre la mesa de la cocina. En el fondo de la taza queda un resto de café frío. Frente a mí, la grieta de la pared parecía abrirse con el tic tac del reloj; un crujido sordo, igual al de la tierra cuando tiene sed. La sesión ha comenzado.
Esa frase limpia, exacta, que en el último tramo del sueño parecía justificar una culpa, se me deshizo en la boca al despertar. Me dejó el sabor de las verdades que uno calla. Los murmullos de la casa se acomodan en las esquinas para dictar el veredicto. Mi memoria empieza a leer los cargos con la voz de los ausentes. No hay ruido afuera; el juicio se dirime en ese rincón donde la noche no termina de irse.
Abrí el cajón del aparador. Olía a madera vieja y a encierro. Al fondo, entre papeles amarillos, encontré el cuaderno. Al abrirlo, cayó una entrada de cine doblada, un trozo de papel fino y desgastado por los bordes. Conservaba el título con una tipografía de taquilla casi borrada: Domicilio conyugal. Sentí el olor de mi primera casa, antes de que la vanidad lo arrasara todo.
Fui yo quien dictó la sentencia de distancia. El mismo orgullo que levantó los muros de aquella casa. Fui el reo que se encerró en su propia liturgia y el carcelero que echó la llave. Ahora la cocina está llena de sombras que me señalan. La única condena es seguir respirando cuando todo es ausencia.

 

V. La caligrafía fresca

Mi mano arrastra la tinta sobre el papel, devolviendo a la vida palabras que ya daba por muertas. No busco hacer literatura; solo intento ordenar el día antes de que empiece el ruido del mundo. Al cerrar el cuaderno, la entrada de cine sigue ahí, sobre la madera. De nuevo leo el título: Domicilio conyugal. El pasado ya no es un murmullo de la almohada, ahora es un objeto frío al lado de mi taza.

La escritura está fresca en la página, pero mi letra parece la de un impostor. Un trozo de papel guardado por descuido tiene más fuerza que mas de medio siglo de olvido. Esa entrada me recuerda que hubo una tarde en la que entramos juntos al cine, bajo una lluvia que aún puedo escuchar en esta cocina.

Fuera, el sol limpia la niebla de Oviedo.
Vuelvo a mirar el escrito con la certeza de que esta letra es la caligrafía del muchacho de veinte años que un día cambió de tren, dejando que el orgullo ganara la distancia. Aquella huida en la estación fue el primer ladrillo del aislamiento que terminé por construir. Ahora, aquel joven que fui me sigue dictando su melancolía.

 

VI. La noche de Truffaut

Salir a la calle es cambiar un simulacro por otro, pero el movimiento ayuda a vaciar la cabeza. Camino sin prisa, con el abrigo cerrado. Mis pasos evitan las avenidas nuevas; busco el desvío hacia el barrio de Pumarín.
Al doblar la esquina, me detengo. Allí donde se levantaba el Cine Palladium hoy queda una fachada ciega. El cartel luminoso que anunciaba el cine europeo ha sido sustituido por el rótulo de un supermercado. La marquesina de metal, bajo la que nos refugiamos aquella tarde, ya no existe. Las puertas de cristal por las que salimos convertidos en extraños son ahora una línea de cajas automáticas.

Me quedo unos minutos junto al escaparate, viendo pasar a la gente con sus bolsas de la compra. Nadie se fija en el relieve de los ladrillos bajo la pintura El cine cerrado no es un cataclismo; bastó salir a esta misma acera, caminar en direcciones opuestas y dejar que la distancia hiciera el resto.

Doy la vuelta para regresar a casa. El sol del mediodía empieza a calentar desarmando la tregua del amanecer. Camino con las manos en los bolsillos, notando el vacío de aquella entrada. Fuera, el ruido avanza, ajeno a que en este rincón un hombre acaba de certificar la defunción del muchacho que se quedó esperando en el andén.

 

VII. Acepto el trato

En la cocina cuando la luz empieza a retirarse, la casa conserva el mismo silencio de la mañana, pero el aire es más denso. Sobre la mesa sigue la entrada de cine. La miro sin urgencia. En la taza, el anillo de café se ha secado. El paseo hasta la fachada ciega del Palladium ha roto el hechizo.

Abro el cajón y guardo la entrada después de doblarla. Al cerrarlo, ya no siento el eco de la almohada. El silencio no espera un veredicto. La persecución ha terminado.
El muchacho del andén murió mientras yo construía una vida en otra parte. No lo mataron las excavadoras, ni el asfalto. El fantasma del desayuno era el último reflejo de una culpa que ya no tiene dónde sostenerse. Acepto la quietud de los cuartos vacíos.

Me acerco a la ventana.
Fuera, las farolas se encienden y el ruido de Oviedo se apaga. Me quedan los achaques en el vestuario y el ritmo de la piscina cada mañana. Camino por el pasillo sin mirar atrás. Mañana, al despertar, la almohada no tendrá nada que decirme.

 

 

© Oviedo, de “Siete crónicas siete”, Arturo Joaquín

 

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