Me senté
en un claro del tiempo.
Era un remanso
de silencio,
de un blanco silencio,
anillo formidable
de muelles desiertos,
donde los luceros
chocaban con los doce flotantes
números negros.
Ignoré
que el gruñón Caronte
aguardaba en uno de ellos.
Cuando la brisa del alba,
estremeció al olivar,
sus hojas rezaron un credo.
Con la luna difunta,
una luciérnaga azul
me dio consuelo.
Un maestro cojo
llevó el compás
con dos banderilleros.
¡Dejadme cantar con ellos!
Que muerto me quedaré
cuando choquen los luceros
con mi número negro.
– Cursiva versos de Federico García Lorca
– Voz Alvaro Cuesta Martínez
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