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Alguien

Publicado el 8 de enero de 2016

Alguien

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La tormenta arreciaba. Casi sin tregua la cubierta era barrida por las olas. El capitán gritó: ¡Arriad el foque! ¡Atención al bauprés!Ancladas al vendaval, las voces no parecían humanas. Entre los gritos y blasfemias alguien reclamaba ¡un diccionario, un diccionariooo! Cuando un golpe de mar volcó el velero, apenas le dio tiempo a ponerse el chaleco. La corriente lo arrastró hasta una isla desconocida. En un baúl varado en la orilla apareció el maldito diccionario. Quedó absorto ligando sus voces:

Flotar Navegar  Barco / Lona Viento Vela  // Barco Vela  Velero
Arar Sembrar  Tierra /  Olas Sal  Mar  // Tierra Mar  Isla
Hablar Tener  Palabra / Letra Página Libro // Palabra Libro Diccionario

Se percató que velero e isla eran pasado y presente. Diccionario futuro. Más pronto que tarde en él sería una voz. Al fin era Alguien.

 

La isla del saurio

Al modo de José Luis García Martín  (6 / 9 /25)

El aullido del viento por la tarde, lo despertó. No había lluvia, solo una bruma fría. El sabor a sal le resecaba la boca y los párpados se le pegaban. Lo había perdido todo. El velero, la tripulación, y el nombre que alguna vez tuvo. Yacía en una orilla cubierta de algas, una lengua de arena desnuda que parecía haber sido escupida por el océano.

Unas horas después, mientras buscaba agua desesperadamente, la marea le arrojó un baúl. No era de madera, sino de cuero endurecido por el salitre, con las esquinas protegidas por cantoneras de cobre. Sin dudarlo lo abrió. No había nada valioso, solo libros. Apilados,  muchos de ellos inflados por el agua. Y entre ellos, intacto un diccionario.

La frustración lo invadió. ¿Qué demonios podía hacer con un libro lleno de palabras muertas? La ironía era tan cruel que estuvo a punto de arrojarlo al mar. En la desesperación, sin embargo, lo abrió. Al principio, solo buscó palabras de supervivencia: agua, pez, fuego, refugio. Pero las palabras no le daban calor ni comida.

Entonces, sin saber por qué, empezó a leer al azar. La primera palabra que le llamó la atención fue hogar. Su significado, lugar donde uno habita con su familia, le apretó el pecho. La tristeza fue tan aguda que cerró el libro de golpe. Después, encontró amor, y la palabra le resultó tan vacía, tan lejana, que la odió. El diccionario no era una herramienta, sino un espejo que le devolvía un pasado que le dolía.

Un día, tras varias semanas en la isla, la rabia se transformó en algo nuevo. Cogió un trozo de pizarra de la orilla y lo afiló. Abrió el diccionario en una página al azar y encontró la palabra saurio. No tenía ni idea de lo que significaba. Era un término vacío. Pero la forma de la palabra, el sonido, le pareció perfecto para nombrar la gran roca que se erguía en el centro de la isla. Desde entonces, el diccionario dejó de ser un recuerdo doloroso y se convirtió en su herramienta de creación.

Empezó a nombrar cada cosa a su alrededor. A una fruta la llamó lusonia, a una estrella solitaria en la noche, orion. La soledad de la isla ya no le oprimía, porque la había llenado con su propia voz. Ya no era un náufrago, un hombre sin nombre, sino un constructor de mundos.

Una tarde, mientras la marea subía, encontró un lápiz y un cuaderno de bitácora en el baúl. En las páginas, con la letra de alguien que no conocía, había anotaciones de un viaje. Vio que el autor había escrito: Flotar. Navegar. Barco. / Lona. Viento. Vela. Las palabras de su viejo mundo. Pero él, en la orilla, ya no las necesitaba. Cogió el lápiz, abrió el diccionario en una página en blanco y, con la tinta de su propia sangre, escribió: Huir / Nacer / Crecer.

Y al final de la página, sin saber por qué, escribió una palabra que había buscado desde el primer momento pero que no había encontrado hasta ahora. La palabra no estaba en el diccionario. Y al leerla, entendió que aquel mundo que había nombrado, solo existía para él. El diccionario no le había devuelto el mundo, le había dado la ilusión de uno nuevo, un mundo que solo él podía habitar y entender. Comprendió que su soledad era absoluta. Que la isla ya no era un refugio, sino su propia tumba de palabras.

 

La isla de las palabras rotas

Al modo de Jordi Évole (6 / 9 / 25)

Hay historias que te llegan y te obligan a parar. A dejar de correr y a mirar. La de un náufrago. La de un tipo que lo pierde todo: el barco, los amigos, hasta su propio nombre. Y acaba en una playa, sin nada más que el aullido del viento y el sabor a sal en la boca. Suena a película, ¿verdad? Pero a mí me parece que esta historia es un retrato bastante fiel de nuestra vida. De lo que nos está pasando. El protagonista, náufrago, encuentra un baúl. No hay oro, ni joyas. Solo libros, muchos de ellos inflados por el agua. Y un diccionario, intacto. Y aquí empieza la primera gran pregunta, la que me gustaría hacerle, si lo tuviera delante: “¿Qué demonios pensaste cuando abristes el baúl y viste un diccionario en lugar de comida?”

Su primera reacción es la nuestra. La frustración. La misma que sentimos cuando buscamos en Google la respuesta a nuestros problemas y lo que nos sale es una cita de un libro. ¿De qué demonios sirven las palabras muertas? Nos han enseñado a ser prácticos. A buscar soluciones rápidas. A ver el valor solo en lo que se puede vender, comprar o monetizar. Y este tipo, en mitad del océano, no busca poesía. Busca “agua”, “pez”, “fuego”. Palabras de supervivencia. Pero el hambre no es solo la del estómago. La historia se retuerce, y el náufrago, en la desesperación, empieza a leer. Y se encuentra con “hogar” y con “amor”. Palabras que le duelen. Porque ya no son suyas, son fantasmas de un pasado que perdió. El diccionario no es una herramienta. Es un espejo que le devuelve su propia soledad. Como cuando nosotros abrimos Instagram y vemos las fotos de una vida que no es la nuestra. Y, de repente, ese mismo espejo nos hace daño.

Y entonces, el giro. La rebeldía. Cansado de que las palabras de los demás le duelan, se inventa las suyas. A una roca le llama “saurio”. A una fruta, “lusonia”. Empieza a nombrar su propio mundo. Nos mira a la cara, a todos nosotros, que vivimos en un mundo donde todo ya tiene etiqueta, y nos dice: “No me interesa vuestro mundo de palabras. Voy a construir el mío”. Pero aquí viene la trampa. La lección que nos da este relato. El protagonista, en su éxtasis, empieza a escribir. Y con la tinta de su propia sangre, anota en un cuaderno: “Huir / Nacer / Crecer”. Como si estuviera reiniciando su vida. Y, al final, encuentra la palabra que buscaba, la que no estaba en el diccionario. Y al leerla, lo entiende todo.

Esa palabra le dice que el mundo que acaba de nombrar solo existe para él. Que esa isla de nombres nuevos es su propia prisión. Que la soledad, la que intentó combatir con la creatividad, es absoluta. Su isla no es un refugio, sino su propia tumba de palabras. Y esa es, quizás, la historia más brutal que nos puede contar este náufrago. ¿De qué sirve crear un mundo, si no hay nadie con quien compartirlo? ¿De qué sirve ser “constructores de mundos” si lo que estamos construyendo, en realidad, es una jaula dorada, un refugio que nos aísla de todos los demás?

Deberíamos preguntárnoslo. Y no buscar la respuesta en un diccionario. Quizás, si levantamos la mirada de la pantalla, la respuesta esté en la persona de al lado. Antes de que esa persona, como el velero, se convierta en otro nombre perdido. Y nosotros, en otro náufrago en la isla.

4 Comentarios

  1. Juan Stons

    Para no volcar, en las tormentas mejor arriar la mayor q el foque…
    Discurre tu ocurrente relato por tu característica y atrayente frescura conceptual…
    Navegar. BARCO. Lona, palo. VELA. Barco. VELERO.
    Suelo, sembrado. TIERRA. Profundo, marejada. MAR. Tierra. ISLA.
    Texto, hoja. LIBRO. Lengua, habla. PALABRA. Libro. Yo: destino…
    La palabra… Pasado, presente, futuro… ¿Qué queda de un hombre si se le quitan sus palabras?
    Me ha gustado leerte. Gracias por compartir

    Responder
  2. Arturo

    He comprobado que has abierto esta ventana.

    Responder
  3. Arturo García

    En la versión de sábado 6/9/25 la ironía es más profunda y más oscura. El náufrago se convierte en un “constructor de mundos”, como se dice en el relato. Pero lo que construye es una jaula de palabras. No escapa de su soledad; la hace habitable. La isla es su tumba de palabras. Este final es la negación del final feliz. Es un final que no da al lector un consuelo, sino que lo deja enfrentado a la crudeza de la existencia. El relato deja de ser un simple cuento sobre el poder de las palabras para convertirse en una reflexión sobre la incomunicación, la soledad radical y el precio que se paga por la creación.

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