Ya no soy,
aquel niño con ojos de sueño
que sin miedo, jugaba en la calle
dibujando su gol en los cristales.
No soy quien era,
testigo de las sillas
arrastrando años lentos;
quien dejó su guiño en el azogue
y dio migas con una fe antigua, a las palomas.
Soy apenas el gusano
que los constructores
con desdén, así nombran.
Inquilino de una renta antigua
en la manzana más apetitosa de la zona.
Uno de los expulsados del Edén,
un escalón contando el olvido
el corazón en la pared.
La pertenencia que nunca se apaga,
el que probó la fruta prohibida.
(Lectura de Nuria Marín)
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