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In Memorian

Publicado el 19 de noviembre de 2018
“VETUSTEANDO”, es un escrito de Chuso (exjugador del Real Oviedo y vecino de toda la vida en Ciudad Naranco). 
Lo leyó su hija Jimena al final del emotivo funeral de su padre en la parroquia de Barres (Asturias):
Había hecho el bachiller con los Escolapios, merced a una de esas escasas becas que concedían los curas a los buenos estudiantes, fui monaguillo en el colegio, por eso me la dieron. Acabado el bachiller destacaba en el Real Oviedo juvenil, por lo que me notificaron que pasaría al Vetusta de la tercera división, en el equipo de mi ciudad. ¡No había guaje más feliz en el mundo! De modo que conseguí que mi padre, sin ser un Medici, hiciera de mecenas y a pesar de la estrechez de nuestra economía familiar (mal endémico en aquellos tiempos) me costease un encierro de casi tres meses en un pueblo apartado en la montaña que divide Asturias y Galicia, bastante cercano a la Bobia de Jarén, con el propósito de mejorar mi físico, ya que media 1.80 y pesaba 60 kg. Me buscó hospedaje adecuado y con más moral que el Alcoyano, provisto de unas pesas artesanales (hechas por un ferreiro de la zona) haciendo de la necesidad virtud, que diría el clásico, empecé a entrenarme en aquellas soledades sin más dirección que mi propio entendimiento. 
Al alba desayunaba y salía hacia el monte, siempre hacia arriba, a las brañas subía corriendo entre loureiros, dejando atrás, camino de sus tareas, a los labradores que me informaban de senderos y fuentes, pensando en su interior que no estaba muy cuerdo. Entonces no se hacía footing, ni había televisión para ver otras formas de vida o costumbres, el que nacía en aquellos andurriales no salía sino para ir a la “mili”, y el que emigraba no volvía hasta que Lobatón lo encontraba en “Quien sabe donde” reclamado por familiares nostálgicos y aburridos. 
Yo subía por veredas formadas por los animales y pastores durante siglos, entre árgomas y felechos. En los claros y majadas, las vacas rumiaban inmóviles como estatuas, salvo el rabo fustigador de moscas y tábanos, oteando ensimismadas el fondo de los valles y las laderas de enfrente, vigilando tal vez a las abejas que recolectaban néctar y polen para depositarlo después en los truébanos de tocones resecos, con su lousa de pizarra a modo de boina, agrupados dentro de un cortín de piedras sin puerta, para proteger la miel de osos llambiones. La luz era intensa y el aire perfumado por las hierbas y las flores que formaban la gancela, que después servía de cama a las vacas en el invierno. Qué destino el de aquellas pequeñas flores violetas y naranjas que desaparecerían aplastadas por las pezuñas y los excrementos de las vacas, en las cuadras compartidas por animales y hombres.
Seguía corriendo y era como hacerlo en una montaña rusa, subir trabajosamente las cuestas, bajando inmediatamente las pendientes sin freno, ganando velocidad con la inercia hasta caer saliéndome del camino, rodando entre felechos, riendo alocadamente, feliz por no haberme roto nada y gozando del descanso después del esfuerzo. 

© Texto de Jesus Rodríguez López (Chuso)   //   © Imagen AAVV la Centralilla

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