Inicio 9 Poemas 9 La farsa de Arthur Lowell

La farsa de Arthur Lowell

Publicado el 3 de octubre de 2025

El quirófano apestaba

a desinfectante y a miedo.

Allí estaba yo, Arthur Lowell 

de setenta años en una bata 

que se abría por detrás.

 

El joven enfermero 

me miró con lástima 

mientras tanteaba con la aguja. 

La anestesista fingió interés

¿Por qué?  ¿Por qué ahora, viejo?

El cirujano con ojos de espejo 

dijo con voz velada

“Señor, procedamos” 

y yo, expuesto y tendido 

sentí el frío del gel, 

preludio del ritual.

 

Anne, mi amada Sexton 

se habría reído de esta farsa. 

¿Cual era la idea? Cortar,

cortar la piel, las vergüenzas

cortar el pasado inútil, los nudos:

abrir en dos a este muerto.

1 Comentario

  1. Arturo Joaquín

    Justificación poética
    Este poema lo escribí siguiendo la tradición confesional americana. Para eso usé la primera persona y un tono directo, y no evité unos versos que suenan bastante crudos, buscando una voz que se sintiera auténtica. No hay una métrica fija porque quería que tuviera el ritmo de una conversación.
    El quirófano es el confesionario, el lugar donde el personaje se enfrenta a sus miedos y a la necesidad desesperada de encontrarle sentido a todo. Esa sensación de desánimo y de no encajar que se siente en el poema es muy característica de este tipo de tradiciones poéticas.
    El yo poético se muestra sin tapujos, lidiando con una situación que siente como indigna. Se refugia en una risa amarga para poder procesar lo que le pasa. A pesar de que su cuerpo se siente como algo extraño, su voz se niega a rendirse y se aferra a la búsqueda de un significado.
    Creo que el poema funciona mejor sin título. De esta forma, el misterio se mantiene por capas hasta el final y ojalá al lector le despierte el interés suficiente para ir descubriendo de qué va la cosa. Por eso, preferí quitarle el título que le había puesto en un principio: “Circuncisión”.
    El tema de la circuncisión en la vejez, tiene resonancia con el tratamiento de situaciones de vulnerabilidad en la literatura confesional. Por eso utilicé trozos de una vida para despertar una emoción fuerte, sin necesidad de contar una historia completa. Jugué con el ritmo, las imágenes y las metáforas, aunque algunos versos tienen un toque más narrativo.

    – El uso de un “yo” que se nombra, Arthur Lowell, no es un capricho, sino un guiño a mi mismo y a Robert Lowell, para seguir la tradición de convertir una herida personal en material poético.

    – La figura de Anne Sexton, a quien llamo “mi amada Sexton” es una alusión clave. La risa que imagino en Sexton representa el reconocimiento de la farsa y el absurdo de la vida. Un tema recurrente en la modernidad de los años cincuenta del pasado siglo.

    Responder

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Te puede interesar

Farenheit 451

Tras la negrura y la herrumbre de esta ciudad, la luz se pudre al otro lado del horizonte, inalcanzable. Las calles son un cementerio de biografías que a nadie interesan, de vidas que fueron. Las ventanas han echado el cierre. No esperan el azar de una revuelta, solo...

Carta a un cronopio

Carta a un Cronopio de Sangre Leopoldo, Leopoldo María, joven y eterno difunto: Me llega, al fin, tu silencio definitivo, el que ya no es pose ni teatro, el que no  necesita cocacolas ni barrotes para ser real. Acá, donde la muerte es solo otra forma de perder las...

Cuerpo sin sombra

Huyo de la piel que se deshace mi cuerpo es un festín de llagas una verdad sin sepulcro. La herrumbre de la armadura como el viejo desecho de Dios.   Una lápida sin fecha  que no conoce la mosca voladora sobre el inútil glande de Ezra Pound.   Soy la rata...