El quirófano apestaba
a desinfectante y a miedo.
Allí estaba yo, Arthur Lowell
de setenta años en una bata
que se abría por detrás.
El joven enfermero
me miró con lástima
mientras tanteaba con la aguja.
La anestesista fingió interés
¿Por qué? ¿Por qué ahora, viejo?
El cirujano con ojos de espejo
dijo con voz velada
“Señor, procedamos”
y yo, expuesto y tendido
sentí el frío del gel,
preludio del ritual.
Anne, mi amada Sexton
se habría reído de esta farsa.
¿Cual era la idea? Cortar,
cortar la piel, las vergüenzas
cortar el pasado inútil, los nudos:
abrir en dos a este muerto.
Justificación poética
Este poema lo escribí siguiendo la tradición confesional americana. Para eso usé la primera persona y un tono directo, y no evité unos versos que suenan bastante crudos, buscando una voz que se sintiera auténtica. No hay una métrica fija porque quería que tuviera el ritmo de una conversación.
El quirófano es el confesionario, el lugar donde el personaje se enfrenta a sus miedos y a la necesidad desesperada de encontrarle sentido a todo. Esa sensación de desánimo y de no encajar que se siente en el poema es muy característica de este tipo de tradiciones poéticas.
El yo poético se muestra sin tapujos, lidiando con una situación que siente como indigna. Se refugia en una risa amarga para poder procesar lo que le pasa. A pesar de que su cuerpo se siente como algo extraño, su voz se niega a rendirse y se aferra a la búsqueda de un significado.
Creo que el poema funciona mejor sin título. De esta forma, el misterio se mantiene por capas hasta el final y ojalá al lector le despierte el interés suficiente para ir descubriendo de qué va la cosa. Por eso, preferí quitarle el título que le había puesto en un principio: “Circuncisión”.
El tema de la circuncisión en la vejez, tiene resonancia con el tratamiento de situaciones de vulnerabilidad en la literatura confesional. Por eso utilicé trozos de una vida para despertar una emoción fuerte, sin necesidad de contar una historia completa. Jugué con el ritmo, las imágenes y las metáforas, aunque algunos versos tienen un toque más narrativo.
– El uso de un “yo” que se nombra, Arthur Lowell, no es un capricho, sino un guiño a mi mismo y a Robert Lowell, para seguir la tradición de convertir una herida personal en material poético.
– La figura de Anne Sexton, a quien llamo “mi amada Sexton” es una alusión clave. La risa que imagino en Sexton representa el reconocimiento de la farsa y el absurdo de la vida. Un tema recurrente en la modernidad de los años cincuenta del pasado siglo.