Setecientas palabras llanas, fuera
del imperio sajón. Setecientas voces
que el tiempo labró en la piedra.
Quizá alguien las pronunció una vez
para que no fueran olvidadas.
El verso guarda intacto su aroma
y devuelve a Teresa la voz,
esa antigua armonía secreta
antes de que la niebla de las pantallas
la disuelva, árida de fe,
en sílabas temblorosas.
Las nuevas lenguas
traducen el milagro
a signos sin herida;
las palabras persisten,
incandescentes,
nombrando lo innombrable.
Setecientas palabras, piedras planas,
aladas. Desde la honda de la memoria,
cruzan el agua
sin dejar de nombrarla.
(Lectura de Maribel Arias)
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