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¡A ras de cielo, ballenas?

Publicado el 8 de marzo de 2021

Oviedo

Después de muchos años regreso a esta ciudad donde me nacieron. Tengo reservada la ascensión a la Torre de su Catedral. Desde la entrada que da a la plaza, esperando mi turno compruebo como su gótico aún conserva, como está dicho, una belleza muda y prudente.

 

Reconozco la torre maciza, que hasta sus segundos corredores asciende como un fuerte castillo, después se afana en ganar altura con músculos y nervios de piedra caliza en pi- rámide. En su vértice mantiene una bola grande de bronce, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz que acababa en pararrayos. Recuerdo que hasta allí se encaramaba un escalatorres descalzo, como atracción en las fiestas.

 

Subo por una escalera de caracol, sus desgastados escalones han perdido la memoria del roce del manteo del Magistral y ahora conocen bien el mullido pisar de los Nike.

 

Tras la segunda y tercera balaustradas se alojan las campanas. Sus ventanales de arcos apuntados obedecen a la proporción canónica del gótico. En la planta superior una estrecha puerta me permitió acceder a una amplia terraza bajo la pirámide. Sus cuatro balcones ojivales y la caliza flamígera juegan a crear estalactitas de luz.

 

Leopoldo Alas dejó escrito “en las grandes solemnidades el Cabildo mandaba iluminar este espacio con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con esas galas la inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme botella de champaña”.

 

Mejor imitar, al en otro tiempo osado Magistral y contemplar, sin catalejo, la pequeña ciudad iluminada con las ultimas luces de la tarde, extendiendo mi vista por todos sus puntos cardinales.

 

En ello estoy, cuando el silencio de esta hora es turbado por una amplia variedad de silbidos al oeste, desde el fondo de las vaguadas. Precedieron a unos veloces puntos negros que al pasar cerca de la torre comprobé que eran aves. Bandadas de estorninos en sincronizado vuelo se contorneaban simulando un  rebaño de cetáceos surcando el aire.

 

Se fueron agrupando más y más sobre el parque central, antiguo huerto de recreación de los padres franciscanos, como si hubieran sido llamados al sermón por su fundador.

 

Su densidad oscureció parcialmente al cielo y aquellas bandadas formaron una apretada masa, expandiéndose y contrayéndose. Era como si grandes ballenas desaparecieran, sumergiéndose, entre las copas de los árboles del Campo de San Francisco.

 

En Vetusta es un secreto a voces que ese día he compartido su horizonte con Fermín de Pas y el Capitán Acab.

 

 

 © 2021  Texto de Arturo Joaquín

© “Oviedo, la Catedral desde la calle Santa Ana” (Autor:Pelayo Ortega)   

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