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El regreso de Aure García

Publicado el 18 de abril de 2021

Muchos años después, paseando por la ciudad, Aure Garcia había de recordar aquella tarde remota, en que  con su padre fué al parque para hacerse una foto.

Cuando visitaba los lugares de su infancia y esta ciudad aún se los brindaba, paseaba sin saber del todo a donde dirigirse con pasos nunca perdidos, sin ida y con vuelta.

Se reencontró con Josefa la Torera”, aquella fotógrafa ahora en bronce a tamaño natural, con su talle ancho y con sus perennes manoletinas de lidiadora. Su brazo derecho dentro de una manga negra que le permitía manipular los negativos en el fondo de un cajón, su cámara-minutera. Su mano izquierda por delante ajusta el fuelle, para enfocar a los niños sobre un caballo de cartón.

Aure revivía su momento Foto Paradiso”: la Torera removiendo con mano experta aquel negativo aún blanco en el cubo de agua y, mostrándole cómo surgía su imagen ecuestre. Aún recordando, tuvo que hacerse a un lado ante la imperiosa disputa por ocupar la silla-selfis que la Torera brinda a los mirones. La rosaleda le regaló sus aromas.

No tenía intención de consultar el mapa plegado que llevaba en su bolsillo, donde se ubicaban las más de cien esculturas diseminadas por su ciudad. Mejor ir tropezándose con ellas.

Al otro lado de la calle , en la esquina de la plaza, una madre sentada con un niño sobre los muslos, a modo de virgen románica, de casi dos metros y de 800 kilos de color gris oscuro deja al descubierto las redondeadas y obesas formas características de su autor colombiano. Acompañada ahora por un corrillo adolescente, en modo sábado a las seis de la tarde ¡Si, sin troleos, hemos quedamos aquí en la “Gorda”!

Eligió perderse paseando hacia el antiguo mercado, reconoció la ferroviaria estructura que albergaba más de cuarenta puestos con productos de alimentación y cuidada presentación. Férreo edificio rodeado por una hilera de más de ochenta puestos, con toldos rotulados en sus viseras como pretencioso Eje Comercial”. Alojaban variopintas ofertas desde flores hasta zapatos, batas, pijamas y ropa interior de grandes tallas, que abanicaban y medio tapaban a las Vendedoras del mercado” sentadas en el suelo. Esculturas de las mujeres que desde los alrededores de la ciudad  subían a vender sus vasijas de cerámica, junto a otras que ofrecían productos de los huertos y frutas de temporada. Puro y duro kilómetro cero. No interesó conservar su actividad y acabaron por ser expulsadas.

En esta levítica ciudad quienes han vivido su pasado, acaban en figuras de bronce. Continuó caminado, la saliva le supo a metal. 

Fuera de la zona de los mercados, no tuvo qué ir muy lejos para cruzarse con tres caballos con el cuerpo, cabeza y patas cubistas. Asturcones de tamaño natural colocados en  triángulo a ras de tierra. El grande mira hacia dos mas pequeños.. Sobre el plano lomo de bronce, un abuelo se empeña en montar a horcajadas a su nieto. Va manca-lu”. Practica un deporte de riesgo sin casco, apresurado por subir a Instagram la imagen con un estamos aquí”.

En su viaje sin vuelta. Encontró al entrar en la calle peatonal casi delante de la fachada del Teatro de los renombrados Premios, aquel Culis monumentalibus”, bronce embetunado en negro a cuatro metros de altura, sobre un pedestal de granito. Culo monumental de nalgas redondeadas, repetidas por ambas caras. Manifestación del humor bizarro del alcalde de entonces, ofrecido sin ton ni son a sus incondicionales como tótem falocrático.

El ambiente en el resto de la calle no le llamó la atención, es clónico del centro de cualquier ciudad del país, franquiciado por los mismos tipos de tiendas El pasado martes, en Preciados vi el mismo escaparate”. Aure rodeado de alienígenas del planeta finde, solo reconocía a su ciudad del primer piso para arriba.

En el siguiente cruce pasó al lado de un edificio racionalista, elegante, sobrio, gris, de diecinueve plantas. Recordaba su denominación popular, la jirafa. Al día de hoy, una vez rehabilitado ofrecía apartamentos de lujo y oficinas como Jirafa-Élite”, proclamaba una placa en la fachada.

Da la sombra metropolitana perfecta para Woody Allen. Que pasó por allí y en bronce fue atrapado a tamaño natural, casi siempre sin gafas. Ahora se esfuerza en poder leer la placa que a sus pies reza: “Esta ciudad es deliciosa, exótica, bella, limpia, agradable, tranquila y peatonalizada; es como si no perteneciera a este mundo, como si no existiera, es como un cuento de hadas”. Firma W.A.

Pasarle la mano por el hombro y robarle la consabida foto es todo uno. Lola, que bajito es” “Si Manu, pero muy inteligente”. Aure reparó en que era un poco más alto, pero en súbita introspección no se consideró ni la mitad de listo.  

Por querencia natural se dirigió hacia la catedral, cuando ya la veía, reparó en el grupo escultórico que frente a él también la miraba. Le era muy familiar aquel hombre de pie, como acabado de llegar a la ciudad. Se vio bajo su sombrero de ala y se percató de que el abrigo sobre los hombros era el suyo. Le pertenecían las maletas y aquel baúl, contra el que apoyó su paraguas. No pudo palparse, no tenia saliva. En bronce junto a su equipaje, descansaba sin pedestal en aquella plaza. “El regreso de Aure García”.

Atrapado en el remoto lugar del que nunca se vuelve, no pudo escuchar “Aure ¿Qué haces aquí en el Viajero? Habíamos quedado en la Gorda. Estás empanao”

 

 ©  2021 Texto de Arturo García en 945  palabras

4 Comentarios

  1. juan

    Muy buen relato. Me gusta la evolución de tus escritos.

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  2. Luciano Maldonado Moreno

    Con ton y son puedo oír pasos de Woody Allen, relinchos de asturcones e incluso, aguzando el oído un poco más, el roce de un culis monumentalibus.

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  3. Sergio C Fanjul

    Arturo. Con ton y son. Perfil.Vaya, un comienzo parafraseando a Cien años de soledad. He tenido que leer varias veces los primeros párrafos de este texto, eso de Josefa la Torera y el tema de las cámaras y las fotos es confuso para el profano. El lector piensa que es una estatura de una torera, pero la estatua es la de una fotógrafa (lo tuve que poner en Google, porque no recordaba que la estatua del parque se llamaba así). Habría que aclarar eso. Me gusta la idea de la ruta de las estatuas, sobre todo en una ciudad plagada de ellas como Oviedo. Está bien que se incluyan que se escuchan en las calles eso le da mucha vida. La pega que le puedo poner es que la estructura del texto es demasiado repetitiva, una estatua detrás de otra…. Habría que arreglar eso de alguna manera, aunque tampoco se me ocurre cómo, tratándose de una ruta de estatuas. El final, muy cachondo.Sergio C Fanjul

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