El gato de Schrödinger
De allí nadie volvía igual, después de haber estado en aquella cena. El anfitrión les había dispuesto en bandeja de plata, una lubina salvaje de dos kilos sabre finas rodajas de patata y cebolla que acunaban su reluciente ojo. Estaban muy alegres, pero todo cambió cuando descubrieron en la cocina a su orondo gato y comprobaron que dónde estaba el pescado solo quedaba un triste empedrado. El minino pesó exactamente dos kilos. Ya nada continuó siendo los mismo, sabían dónde estaba la lubina, les faltaba saber dónde se encontraba el gato.
Las dos orillas
De allí nadie volvía indemne, sin haber pagado un alto precio. Lo entendió, cuando la oscuridad le vistió de angustia, en medio del puente que une el para siempre con el nunca jamás. ¡Cuerpo a tierra! Oyó sin escuchar la orden de avanzar hacia las balas. El aire le supo a ceniza. Al regresar con el viento de morir, deseó no ser mañana una estrella.
Estertor
De allí nadie volvía, sin saber jugar al escondite cuando la razón se oculta. Mientras la inercia no es suficiente y otra vez se nos ha ido cuesta abajo el tiempo, bailando con lo aburrido. Tarde de sofá entre los latidos de la supervivencia cuando se abrazan lo cruel y la empatía. Tregua de domingo para dioses extinguidos, que entre llamas de laurel saborean el estertor de lo que no vuelve.
Albor
De allí nadie volvía mientras mis lágrimas resbalan por tu espalda, después de haber sentido el hosco silencio que seca las tuyas en nuestra almohada.
© Textos Arturo Joaquin con 96, 68, 70 y 26 palabras, respectivamente.
El gato que se comió la verdad
Relato fusión de los cuatro anteriores a lo Jordi Ëvole
De allí nadie volvía indemne. Lo sabemos. Hemos visto las caras de los que regresan, el brillo extraviado en sus ojos, la forma en que miden las palabras como si fueran a romperse. La otra noche estuve en una cena. De esas en las que crees que todo está bien, que la vida es una lubina salvaje de dos kilos dispuesta sobre una bandeja de plata, reluciente y perfecta. Estábamos alegres, o eso parecía, la risa fluía sin esfuerzo, como un río de vino. Pero claro, en la vida real, el río siempre se encuentra con una piedra.
La piedra era el gato. Un bicho orondo, que pesaba exactamente dos kilos. Y que estaba en la cocina, justo cuando nos dimos cuenta de que la lubina había desaparecido de la mesa. ¿Se la había comido él? La respuesta fácil es sí. La respuesta incómoda es: ¿y si no? ¿Y si la lubina y el gato eran lo mismo? Es lo que tiene la vida, que a veces te plantea dilemas que ni el mismísimo Schrödinger se atrevería a resolver. Sabíamos dónde estaba la lubina, pero el gato se había esfumado. Y sin el gato, la verdad se quedaba a medias.
Y de pronto, te encuentras en un puente. Un puente que une el para siempre con el nunca jamás. Y entiendes que no hay vuelta atrás. Las balas de la incertidumbre te rozan la cara, el aire te sabe a ceniza. Gritas “¡cuerpo a tierra!” pero no hay nadie que escuche. Porque en ese momento, la razón se te ha escondido, y el tiempo se ha ido cuesta abajo, bailando con lo aburrido.
Volví a casa. O mejor dicho, lo que quedaba de mí. Con el sabor del estertor de lo que no vuelve, de una tregua de domingo que ya nadie se cree. Me di cuenta de que, en la era de la sobreinformación, la verdad se ha convertido en un animal mitológico. La buscas, pero al final solo encuentras un gato, o lo que queda de él, que te mira con ojos que no entiendes. Nadie vuelve igual de allí. Ni yo. Nos queda un plato vacío, un gato desaparecido y la incómoda sensación de que, en algún lugar, alguien se está comiendo la verdad.

Hola, Arturo Joaquín. Acabas de participar en Relatos en Cadena, concurso de microrrelatos que organizamos con la Cadena SER (Semana 27)
GANADOR: “Ding dong”
De allí nadie volvía por propia iniciativa. Quienes contrataban el viaje a la infancia se comprometían por escrito a salir voluntariamente de la experiencia virtual cuando sonara la campana, para evitar daños cerebrales irreparables. Pero después de merendar el bocata de nocilla, jugar al parchís con el abuelo, galopar en la bici sin frenos y, cómo no, disfrutar de los calentitos abrazos de mamá, todos querían quedarse. Entonces se activaba el mecanismo de expulsión urgente, consistente en la repentina aparición del coco. El susto funcionaba. Por fin se quitaban las gafas y, embriagados de nostalgia, volvían a casa con una piruleta como único consuelo.
Finalista: “Gracia”
De allí nadie volvía, solía decir mi abuela. Y si lo hacía, malo, añadía persignándose. Por eso cuando veía aparecer al abuelo por el camino que conduce al camposanto se apresuraba a cerrar puertas y ventanas. El abuelo, que trabajaba como sepulturero, aceptaba la broma de buen grado pese a repetirse cada tarde. Y lo sigue haciendo aún hoy cuando hará más de un año que lo enterramos.
Finalista: “Al otro lado”
De allí nadie volvía. Los transeúntes que se apresuraban por la calle bajo sus paraguas procuraban esquivarlo, aunque no siempre lo conseguían. A veces, un niño se soltaba de la mano de sus padres y se acercaba, curioso y osado, desapareciendo en el acto. Algún perro juguetón se vio atraído también por su halo de misterio e incluso moscas, mariquitas y hormigas traspusieron sus profundidades para no regresar. Y allí siguen todos, al otro lado, aguardando impacientes a que cesen las lluvias para que se seque el charco, sin sospechar que se evaporarán con él, dejando tan solo su recuerdo difuso en los adoquines.