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El inquilino

Publicado el 21 de abril de 2013

El dueño, de la barbería que da a la plaza, barre el pelo de los últimos cortes. Es un local con un solo sillón, alguna estantería y un espejo que vio pasar muchas edades. Baja la persiana. Cuando alguien la golpea, exclama:  ¡A estas horas!

Al subirla le sorprendieron aquellos zapatos negros con reluciente hebilla de HH, los pantalones con raya y el abrigo abotonado. Reconoció bajo su sombrero al vecino que vivía al otro lado de la plaza.

El recién llegado se descubrió y colgó el abrigo. Su corto cabello empezaba  a clarear pero no necesitaba corte. Se quitó unas lentes de montura al aire.
Solo será un afeitado – dijo.
Se acomodó en el sillón.
El barbero lo ajusta mientras el agua se calienta. Después le aplica una toalla templada sobre sus agudas mejillas. No se  sorprendió cuando le entregó una navaja Böhler. Siempre lo hacía. En alguna ocasión le había comentado que temía utilizarla contra si mismo, si se afeitaba con ella.

Sabe que no le gusta conversar. Aplica la espuma y le afeita sin recortar el bigote. Le extiende un balsamo desde el cuello hasta su afilado mentón.

Cuando termina le devuelve la navaja:

      -Hasta la próxima vez, Señor Hugo.

Mientras vuelve a cerrar lo ve cruzar.

Su andar indeciso no armonizaba con su perfil fuerte. La plaza es pequeña y no tarda en llegar a la blasonada casa. Un edificio de piedra al que entra bajo un arco. En un lado una  campanilla, verde por la humedad, y que a veces suena sin que nadie la toque. Al otro en el escudo de los López de Haro destaca el lobo atado a un árbol.

Hugo había terminado de comer con su tía cuando sonó estridentemente la campanilla. El sobrino se levanta y al abrir, la presencia de  un hombre extraño y sombrío le inquieta.

¡Aquí huele bien!, dijo el recién llegado mientras alzaba su nariz. Sin un saludo de cortesía, ni dar su nombre. ¡Vengo por la habitación que se alquila!.

En el vestíbulo su tía se unió a ellos. A primera vista pareció sentirse bien ante aquél visitante que sin haberse quitado su abrigo, dijo que su nombre era Henry Haller. Ella le indicó que para ver el cuarto tenían que subir hasta la última planta.

Hugo observó aquel hombre que sin soltar el pasamano necesitaba mirar sus pies en cada escalón. Sus zapatos con una doble hache relucían.

Henry pasaba revista a todo: el estucado, las alfombras, las plantas del rellano….  daba la impresión que viniese de ultramar. No escatimaba gestos de satisfacción hacia la tía de Hugo, sorprendido por el agradable orden de su casa.

Cuando le dijeron las condiciones del alquiler estuvo conforme en todo, alquiló además la alcoba contigua. Ofreció una señal y se disculpó para salir a recoger sus pertenencias.
Regresó pronto con dos baúles y un cajón de libros.

No era aún la medianoche cuando Hugo se retiraba  a su cuarto y se encontró a  Henry sentado en le rellano de la escalera:

      – ¡ Señor Haller !
– Oh …
– ¿Se encuentra bien?
– Oh, si, si … Perdone si le he asustado … No le he oído subir, me temo que … estaba ensimismado.

      – ¿Seguro que se encuentra bien?, ¿quiere que le ayude a subir?
      – No, no es necesario. Si no tiene prisa, siéntese aquí un momento
      – No acostumbro a sentarme en las escaleras – dijo Hugo.
      – Si por supuesto  … deje que se lo explique …

…me he encaprichado con este pequeño vestíbulo, tan inmaculado como toda la casa de su tía. Siempre que paso por aquí tengo que detenerme. Huele a tranquilidad… siempre he buscado lugares así. Es una necesidad. ¿Me entiende?

Haller sacó una bonita caja ovalada y esnifó su polvo blanco sin compartirlo.

      – ¿ Está usted está enfermo ?– dijo Hugo.
– No …no …solo soy un viejo que se arrastra por las escaleras, en las casas de otros…

      – Llamarse viejo es exagerado. No parece que haya llegado a los cincuenta.
      – Es usted muy amable pero tampoco me falta mucho.

Hugo dormía en un cuarto al lado del de Henry. Oyó sus pisadas por las escaleras, luego cerrarse el portón. No resistió la tentación de levantarse para husmear en la alcoba que habían alquilado. Cuando estuvo dentro, vio por la ventana a Henry desaparecer hacia la zona de  de las tabernas. Su andar indeciso se había transformado en un trotecillo danzarín.

En las paredes de la habitación colgaban acuarelas y varias fotografías de una pequeña ciudad campesina. Los libros estaban por todas partes, sobre  le diván, sobre las sillas, en el suelo… Muchos con señales entre sus hojas.

Sobre la cómoda un gramófono casi nuevo, tenía puesto un disco de fox-trot. Otros de Mozart y Händel estaban cerca.
Entre las cosas de aquel mundo, un busto de Goethe con gesto petrificado, parecía reclamar un orden burgués en todo aquello.

En la mesa varias botellas de Pernod Fils, la navaja barbera Böhler y un manuscrito titulado “Tratado del Lobo Estepario / No para cualquiera” tenía anotaciones recientes.

A Hugo, un hombre abstemio de vida regular, aquellas botellas en el cuarto de Haller le desagradaban más que todo el desorden restante. Sin embargo, decidió tumbarse en el diván después de apartar varios libros. Desde allí veía la fotografía de una hermosa mujer o quizá un muchacho con lentes de cristales al aire.

Hugo quedó dormido y no despertó hasta poco antes del mediodía. Salió a la calle con abrigo y en uno de sus bolsos la navaja de afeitar Böhler. Calzaba zapatos negros en los que  relucía una hebilla de HH. Cruzó la plaza en dirección a la barbería.

6 Comentarios

  1. PUESTA DE SOL POESÍA

    hola soy lupe de Escritores novelistas España. esta muy linda la historial
    genial¡¡¡¡ un saludo

    Responder
  2. Palabras de Arturo

    Gracias Lupe.
    Espero contar con más comentarios tuyos en otros escritos de este blog.

    Responder
  3. Unknown

    interesante historia, me gusto mucho, un abrazo Arturo!!

    Responder
  4. Anónimo

    Me encanta, espero pronto leer la siguiente…saludos "Amo los libros"

    Responder

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