Tras la negrura y la herrumbre de esta ciudad, la luz se pudre al otro lado del horizonte, inalcanzable. Las calles son un cementerio de biografías que a nadie interesan, de vidas que fueron. Las ventanas han echado el cierre. No esperan el azar de una revuelta, solo la siguiente orden.
No hay nada nuevo que respirar. Solo el hedor viejo a cobardía y a fracaso. Han prohibido hasta el eco de la memoria.
Y entonces, el golpe de metal, seco, la furia esperada. Son ellos. Los bomberos. No traen salvación, traen sencillamente la ejecución de la sentencia. Solo traen el fuego y la retórica del poder.
“¿Qué esconden en el sótano bajo la baldosa?”
Un Atlas y algún Libros de Historia. Una confesión que es una rendición, una verdad que solo sirve para alimentar la hoguera.
Asienten con el gesto aprendido, la coreografía de la destrucción programada. Las llamas se inclinan devorando el papel, las hojas, los mapas de ese mundo mejor que nadie recordará. La casa es ahora un humo a la deriva en el “todo vale”.
Entre las pavesas, el silencio antes del toque de queda, antes de la luz falsa del amanecer.
De la ceniza misma, surgen, los habitantes de la nueva ciudad, de la utopía derrotada.
Son los Libros que se han tornado en carne.
Llevan en los ojos lo que han visto, y la Historia tatuada en la piel; no la de los vencedores, sino la otra, la que duele y se repite.
El primero camina con un aire a despedida, como quien vuelve a casa. El sombrero le tapa el cansancio. Si hablara, su voz sería una interrupción. A su lado un silencio frágil, con aroma de flores secas.
Otro espera recostado en el muro, las manos en los bolsillos. Oculta allí las cicatrices, esos laberintos únicos. Con un llavero que ya no abre ninguna puerta, escudriña el reloj de su muñeca, el tiempo que para su desgracia no se detiene.
Una silueta flotante va dejando un rastro inmaterial de nombres y lugares que deberían existir. Los bomberos los miran. No se atreven a tocarlos. Saben que algo falta. Ellos también serán pasto de las llamas ¿No lo sabias? Todo vuelve.
Pero las páginas vivientes continúan su marcha lenta. No dicen nada. No miran atrás. Avanzan hacia el horizonte. Dejan un vacío que la estupidez y la obediencia no saben como llenar. Luego, se disuelven en la luz de la mañana. Como si hubieran sido una errata, un error de imprenta del gran Libro de la ciudad.
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