Pasamos de recorrer el pasillo
para descolgar un teléfono
que nos reclamaba con su timbre insistente,
a ir sentados silenciosos en un tren que avanza
a doscientos kilómetros por hora,
mientras observamos
en alta definición los pelillos de una pelota
durante un partido de tenis
que transcurre al otro lado del mundo.
Y todo esto sucede
mientras flotamos, casi sin notarlo,
sobre un planeta
que gira a cuatrocientos sesenta y cinco metros por segundo
sobre sí mismo,
y viaja a treinta kilómetros por segundo
alrededor del Sol.
Parece que algo ha cambiado.
Y sin embargo,
nada de esto nos sorprende,
mientras habitamos el tiempo
de otra manera.
O tal vez, simplemente somos nosotros
los que ya no somos los mismos.
Farenheit 451
Tras la negrura y la herrumbre de esta ciudad, la luz se pudre al otro lado del horizonte, inalcanzable. Las calles son un cementerio de biografías que a nadie interesan, de vidas que fueron. Las ventanas han echado el cierre. No esperan el azar de una revuelta, solo...
El mundo cambia y nosotros también. Casi sin darnos cuenta.
Leí una vez un estudio médico que decía que cada ocho años (de media) somos otro cuerpo,
porque las células, tanto de la dermis como de nuestro interior, se van poco a poco muriendo unas y naciendo otras.
Es decir, fisiológicamente ya no somos exactamente los mismos. Y anímicamente o en espíritu…
Luciano, te agradezco que andes por aquí.
Portugal, tan cerca, tan lejos.
Era la inocencia.
Ahora sabemos demasiado.
Pronto llegará el pistolero para eliminarnos.
A los de nuestra generación “menos mal que nos queda Portugal”
¿Habremos olvidado, quizás, lo que tendríamos que seguir sabiendo?
¿Se llamaría alienación?
Del Homo Sapiens hacia el Homo Virtualis