He reunido,
a ratos sueltos,
como quien recoge lo que la lluvia no moja,
miniaturas de animales mudos.
Un facóquero sin colmillos sueña
con barro sin filo,
con guerra sin dientes.
Dos cebras despliegan
su manto rayado.
Sin balón, una foca
esconde sal en su piel.
Un elefante peregrino
lleva su plegaria al mar
de San Andrés.
El océano recoge su ruego
en cruz, martirio del Santo.
El silencio de las caracolas
guarda la brisa de los pinos.
El pequeño mono se cuelga
de un hilo de luz que se enfría,
al caer la tarde.
Hay ternura en guardar lo que calla,
pero duele saber
que al nombrarlo,
le estoy pidiendo que retorne.
Versión podada:
Un facóquero sin colmillos sueña
con barro sin filo,
con guerra sin dientes.
Dos cebras despliegan
su manto rayado.
El silencio de las caracolas
guarda la brisa de los pinos.
El pequeño mono se cuelga
de un hilo de luz que se enfría
al caer la tarde.
Duele saber
que al nombrarlos,
les estoy pidiendo que retornen.
© Versos de Arturo Joaquín
Este texto no pertenece a ningún ejercicio del “Laboratorio de poesía” de la Escuela de Escritores de la SER. Es simplemente una licencia de verano, aprovechando unas notas sueltas que tenía por ahí, inspiradas en unas figuritas de pequeños animales que he ido recopilando con el tiempo.
Ahora forman parte de mi pequeño bestiario personal, acomodado en las estanterías de mi rincón de trabajo.